mehaelle scott No codiciarás los bienes ajenos
Este mandamiento está contenido en el séptimo. Pero insiste en que también se puede pecar deseando tomar lo ajeno. Se trata, naturalmente, de un deseo desordenado y consentido.
Eso no quiere decir que sera pecado el desear tener, si pudieras lícitamente, una cosa como la de tu prójimo.
Este mandamiento no prohíbe un ordenado deseo de riquezas, más bien manda a conformarnos con los bienes que Dios nos ha dado y con los que honradamente podamos adquirir.
Este mandamiento no prohíbe un ordenado deseo de riquezas, más bien manda a conformarnos con los bienes que Dios nos ha dado y con los que honradamente podamos adquirir.
“La codicia rompe el saco”, dice el refrán. La codicia apunta al corazón, inclinado a los apegos.
Este mandamiento apunta al deseo de toda persona a ser feliz y nos lleva a dos importantes preguntas:
¿Dónde reside la felicidad? ¿En el dinero, en el tener cosas?
Dios con este mandamiento quiere que busquemos la felicidad donde sí la podemos encontrar y no quiere que perdamos lo más valioso que tenemos por buscar tener más y más bienes materiales, que siempre son perecederos y efímeros.
¿Dónde reside la felicidad? ¿En el dinero, en el tener cosas?
Dios con este mandamiento quiere que busquemos la felicidad donde sí la podemos encontrar y no quiere que perdamos lo más valioso que tenemos por buscar tener más y más bienes materiales, que siempre son perecederos y efímeros.
Aunque este mandamiento está formulado en forma negativa, sin embargo entraña un contenido positivo, porque Dios te invita al desprendimiento para que tu corazón sea feliz y no sea un esclavo de los bienes materiales y económicos, sobre todo de esos dos tiranos: la codicia (deseo desordenado de riquezas), y la avaricia (deseo desordenado de conservar las poseídas).
Avaricia o codicia
Definición: Es el amor desordenado a los bienes terrenales (nuestro dinero, casa, hijos, cosas). Avaricia es el acaparamiento desordenado de bienes materiales. El desorden puede estar:
- En la intención: desear las riquezas por ellas mismas, como un fin y no como un medio para poder vestir y alimentar a la propia familia y para ayudar a la Iglesia y a los más necesitados.
- En la manera de conseguir esa riqueza; por ejemplo con ansiedad, por todos los medios posibles (a veces ilícitos y malos), dañando al prójimo, la propia salud, la de nuestros empleados, si somos jefes, haciéndoles trabajar más horas de las debidas.
- En la manera de usarla, sólo para ti, todo para ti, en vez de usarla para los más necesitados, en obras de caridad, de sanidad.
Todo esto es muy grave porque se llega a convertir al dinero en ídolo. Nadie puede servir a Dios y al dinero (Mateo 6, 24).
Algunas de las consecuencias son:
Algunas de las consecuencias son:
- Una gran desazón interior, intranquilidad.
- Te impide volar hacia la santidad, te ata aquí abajo.
- Te impide hacer apostolado, que es misión del bautizado.
- Tu corazón queda aprisionado.
Al igual que muchos han echado a perder su vida convirtiendo en oro hasta a su propia hija, también nosotros podemos echar a perder lo que más amamos si nos dejamos llevar por la codicia.
Dios no desea esto para el hombre y por eso le da el décimo mandamiento. Él quiere que busquemos la felicidad donde sí la podemos encontrar y no quiere que perdamos lo más valioso que tenemos por buscar tener más y más bienes materiales.
Y por eso les doy algunas recomendaciones para estar bien con nosotros mismos y estas son:
- Reflexionar en que las riquezas no son fin sino medios que Dios nos da para remediar nuestras necesidades y las de los demás.
- Reflexionar que eres administrador y no dueño de tu riqueza
- Reflexionar que el dinero es pasajero, efímero, que hoy lo tienes y mañana lo puedes perder.
- Reflexionar que el dinero no lo llevarás a la otra vida y en cambio llevarás las obras buenas que has hecho. Si fueras prudente atesorarías para el cielo y no para la tierra (Mateo 6, 19-20). Pon todo en manos de Dios. Las manos de Dios son más seguras que un banco o mil acciones de bolsa y que cualquier empresa que puede quebrar.
- Cultivo de la pureza del corazón y del desprendimiento interior. Cuanto más puro, más desprendido serás.
Este mandamiento nos manda a conformarnos con los bienes que Dios nos ha dado y con los que honradamente podamos adquirir. Pero sí sería pecado murmurar con rabia contra Dios porque no te da más; y tener envidia de los bienes ajenos .
La Iglesia exalta el desprendimiento de los bienes de este mundo. Pero esto no se opone al progreso que tiende a hacer desaparecer la miseria que impide practicar la virtud de algunos sectores sociales.
La Iglesia exalta el desprendimiento de los bienes de este mundo. Pero esto no se opone al progreso que tiende a hacer desaparecer la miseria que impide practicar la virtud de algunos sectores sociales.
Mi opinión:
No solo este mandamiento es el mas importante sino los demás porque son leyes que Dios nos puso para obedecerlas pero el hombre moderno no comprende los mandamientos; los toma por prohibiciones arbitrarias de Dios, por límites puestos a su libertad. Pero los mandamientos de Dios son una manifestación de su amor y de su solicitud paterna por el hombre.Cuida de practicar lo que te hará feliz.
Jesús resumió todos los mandamientos, es más, toda la Biblia, en un único mandamiento, el del amor a Dios y al prójimo. «De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» . Tenía razón San Agustín al decir: «Ama y haz lo que quieras». Porque si uno ama de verdad, todo lo que haga será para bien. Incluso si reprocha y corrige, será por amor, por el bien de otro.
Pero los diez mandamientos hay que observarlos en conjunto; no se pueden observar cinco y violar los otros cinco, o incluso uno solo de ellos. Ciertos hombres de la mafia honran escrupulosamente a su padre y a su madre; pero se permitirían desear la mujer del prójimo, y si un hijo suyo blasfemia le reprochan ásperamente, pero no matar, no mentir, no codiciar los bienes ajenos, son tema aparte. Deberíamos examinar nuestra vida para ver si también nosotros hacemos algo parecido, esto es, si observamos escrupulosamente algunos mandamientos y transgredimos alegremente otros, aunque no sean los mismos de los mafiosos.
Así que ya sabes todos los mandamientos son importantes y debes obedecerlos cada uno.
jose tuñon NO CODICIARAS LOS BIENES AJENOS
El décimo mandamiento desdobla y completa el noveno, que versa sobre la concupiscencia de la carne. Prohíbe la codicia del bien ajeno, raíz del robo, de la rapiña y del fraude, prohibidos por el séptimo mandamiento. La “concupiscencia de los ojos” (cf 1 Jn 2, 16) lleva a la violencia y la injusticia prohibidas por el quinto precepto (cf Mi 2, 2). La codicia tiene su origen, como la fornicación, en la idolatría condenada en las tres primeras prescripciones de la ley (cf Sb 14, 12). El décimo mandamiento se refiere a la intención del corazón; resume, con el noveno, todos los preceptos de la Ley.
El desorden de la concupiscencia
El apetito sensible nos impulsa a desear las cosas agradables que no poseemos. Así, desear comer cuando se tiene hambre, o calentarse cuando se tiene frío. Estos deseos son buenos en sí mismos; pero con frecuencia no guardan la medida de la razón y nos empujan a codiciar injustamente lo que no es nuestro y pertenece o es debido a otra persona.
El décimo mandamiento prohíbe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y de su poder.
Cuando la Ley nos dice: No codiciarás, nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed codiciosa de los bienes del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: El ojo del avaro no se satisface con su suerte (Qo 14, 9)» (Catecismo Romano, 3, 10, 13).
El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón humano la envidia. Cuando el profeta Natán quiso estimular el arrepentimiento del rey David, le contó la historia del pobre que sólo poseía una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico que, a pesar de sus numerosos rebaños, envidiaba al primero y acabó por robarle la oveja (cf 2 S 12, 1-4). La envidia puede conducir a las peores fechorías (cf Gn 4, 3-7; 1 R 21, 1-29). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo (cf Sb 2, 24).
La envidia es un pecado capital. Manifiesta la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea en forma indebida.
II. Los deseos del Espíritu
La economía de la Ley y de la Gracia aparta el corazón de los hombres de la codicia y de la envidia: lo inicia en el deseo del Supremo Bien; lo instruye en los deseos del Espíritu Santo, que sacia el corazón del hombre.
El Dios de las promesas puso desde el comienzo al hombre en guardia contra la seducción de lo que, desde entonces, aparece como “bueno [...] para comer, apetecible a la vista y excelente [...] para lograr sabiduría” (Gn 3, 6).
La Ley confiada a Israel nunca fue suficiente para justificar a los que le estaban sometidos; incluso vino a ser instrumento de la “concupiscencia” (cf Rm 7, 7). La inadecuación entre el querer y el hacer (cf Rm 7, 10) manifiesta el conflicto entre la “ley de Dios”, que es la “ley de la razón”, y la otra ley que “me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros”.
Jessica Vega III. La pobreza de corazón
Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a Él respecto a todo y a todos y les propone “renunciar a todos sus bienes” (Lc 14, 33) por Él y por el Evangelio (cf Mc 8, 35). Poco antes de su pasión les mostró como ejemplo la pobre viuda de Jerusalén que, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir (cf Lc 21, 4). El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los cielos.
“Todos los cristianos han de intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto
IV. “Quiero ver a Dios”
El deseo de la felicidad verdadera aparta al hombre del apego desordenado a los bienes de este mundo, y tendrá su plenitud en la visión y la bienaventuranza de Dios. “La promesa [de ver a Dios] supera toda felicidad [...] En la Escritura, ver es poseer [...]. El que ve a Dios obtiene todos los bienes que se pueden concebir”
Corresponde, por tanto, al pueblo santo luchar, con la gracia de lo alto, para obtener los bienes que Dios promete. Para poseer y contemplar a Dios, los fieles cristianos mortifican sus concupiscencias y, con la ayuda de Dios, vencen las seducciones del placer y del poder.
En este camino hacia la perfección, el Espíritu y la Esposa llaman a quien les escucha (cf Ap 22, 17) a la comunión perfecta con Dios.







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